|
“Debo seguir avanzando por el camino elegido; y si me pierdo, perderme, sólo en mi propio camino.”
Antonio Cabán Vale (El Topo)
 |
| Dr. Edwin Irizarry Mora |
Leer y comentar el libro que hoy presentamos en la ciudad de Mayagüez ha resultado ser para este servidor una experiencia de aprendizaje rica e iluminadora. Ello es así, porque a lo largo de poco más de tres décadas los autores de Puerto Rico nación independiente: imperativo del siglo XXI, han sido mis maestros. Maestros en los temas relacionados con las ciencias económicas, en la política y en la interpretación de nuestra historia. Pero ante todo, han sido ejemplo a emular por su constancia y por lo mucho que han aportado a la causa suprema de construir una Patria Libre.
Rubén Berríos, Fernando Martín y Francisco Catalá son, sin lugar a dudas, tres de los intelectuales puertorriqueños más destacados del último tercio del siglo XX y de principios del siglo XXI. Y no es que ninguno de ellos haga alarde de sus conocimientos, de su trasfondo académico, o de su capacidad intelectual. Por el contrario, ni Rubén, ni Fernando, ni Francisco han hablado jamás de sus cualidades. Esa es sólo una de las tantas virtudes de estos tres seres humanos extraordinarios, y de eso damos fe los miles de alumnos que hemos interactuado con ellos.
En el caso de este servidor esa interacción comenzó hace alrededor de treinta y dos años, cuando en octubre de 1978 escuché por primera vez a Rubén pronunciar un discurso durante un mitin celebrado en el Colegio de Mayagüez. Dos años antes había leído con entusiasmo el programa de gobierno que le propuso al país la primera vez que fue postulado para el cargo de gobernador de Puerto Rico. Yo tenía entonces 15 años, y les aseguro que me identifiqué totalmente con el contenido de aquel escrito publicado en el periódico El Mundo, unas semanas antes de las elecciones de 1976. Al conocerle personalmente en 1978 me convencí de que aquel patriota que me estrechó su mano en ocasión del natalicio de Eugenio María de Hostos era un ser humano excepcional, un apasionado luchador por la causa de la libertad. Lo que ocurrió en los años subsiguientes fue inevitable: Rubén se convirtió en la figura que más he admirado a lo largo de mi vida.
A Fernando lo conocí un poco más tarde, en 1983, cuando iniciaba su campaña como nuestro candidato a gobernador, y este servidor era miembro de la avanzada de la JPIP. Desde el principio no ha dejado de sorprenderme esa personalidad en la que armonizan su inteligencia y agudeza mental –atributos que comparte con Rubén y con Francisco—con esa humildad que nos debería servir de ejemplo a todos. Y es que Fernando ha sido modelo de hombre en la acepción más abarcadora del término. No cabe duda de que en el PIP hemos sido más que afortunados, pues no existen en este país, por no decir en este mundo, muchas personas como él.
Al año siguiente, en 1984, conocí a Francisco, que para entonces era nuestro candidato a Comisionado Residente. Como estudiante que aspiraba a comprender la realidad económica del país y su relación con la situación política prevaleciente, este servidor había leído varios escritos del doctor Catalá y había escuchado sus conferencias en campamentos de la JPIP y en la universidad. No tardé en fascinarme con la lógica de sus planteamientos, con la claridad de su análisis y con el enfoque pedagógico de sus ensayos y artículos académicos y periodísticos. Somos muchos los que consideramos que Francisco Catalá es el científico social que mejor conoce –y que con mayor precisión ha analizado—la realidad económica contemporánea de nuestro país. En lo personal, Francisco ha sido un consejero y un amigo entrañable, además de un admirable colega.
Traigo estos brevísimos comentarios anecdóticos con el sólo propósito de afirmar que el libro que presentamos hoy ciertamente es producto de las reflexiones y del esfuerzo intelectual de tres vidas consagradas a la gestión pública desde la perspectiva de quienes han luchado incansablemente por la justicia social y por nuestra Independencia nacional. Para los que hemos tenido el privilegio de compartir con los autores desde hace muchos años, este libro puede considerarse un punto culminante --aunque no necesariamente final-- en la trayectoria inmensamente productiva de estos tres maestros.
En lo que concierne al contenido del libro, creo que está en orden comenzar con un breve comentario sobre los elementos comunes que comparten los tres ensayos que lo conforman. Los tres autores reflejan un profundo conocimiento de nuestra historia política, así como de nuestra historia económica. Ese es un punto de partida esencial para el cumplimiento de los objetivos que se trazaron al redactar sus respectivos escritos. Es decir, una lección subyacente a lo largo de todo el texto, es que en la interpretación de los diversos eventos de la historia contemporánea sería incorrecto desvincular lo uno de lo otro, no sólo porque no debemos caer en el error de fragmentar el conocimiento bajo la falsa premisa de que con ello se facilita el proceso de aprendizaje, sino, sobre todo, porque la simbiosis entre los procesos políticos, económicos, sociales y culturales es inexorable. De ahí que los tres ensayos acusan inmisericordemente a las relaciones coloniales a las que ha estado sometido Puerto Rico durante más de cinco siglos, de ser las responsables del nivel y de la naturaleza del subdesarrollo que padece el país a la altura de nuestros tiempos. Las razones que explican esta anomalía se exponen con absoluta claridad, desde distintas perspectivas, en los tres ensayos que hoy nos convocan.
En segundo lugar, los tres autores comparten una pasión admirable por la búsqueda de la verdad y por desmitificar las interpretaciones que, desde concepciones muy cómodas, –particularmente desde la óptica oficial—se han articulado sobre los sucesos que han dado lugar al tipo de sociedad que hemos heredado las generaciones actuales. Los aquí presentes sabemos que una de las maneras más efectivas de perpetuar el colonialismo ha sido mediante la manipulación de la información relacionada con los eventos y procesos que, en conjunto, han dado lugar a la versión oficial de nuestra evolución histórica. Si algo tenemos que agradecer a Rubén, a Fernando y a Francisco, es su aportación invaluable a esa otra tarea impostergable con la que desde siempre hemos estado comprometidos los independentistas. Me refiero, por supuesto, a la reconstrucción de nuestro pasado a través de la investigación rigurosa y de la denuncia de la farsa inherente a la interpretación oficialista de nuestro trasfondo como pueblo. Ese compromiso guía al texto de principio a fin.
Como secuela de lo anterior, este libro suple una necesidad; viene a llenar un vacío en la literatura política y económica de nuestro país, por lo que cumple con el importante objetivo de satisfacer las inquietudes de decenas de miles de puertorriqueños a quienes nos urgía contar con una síntesis que nos arrojara luz sobre la vinculación entre diversas variables que han resultado ser críticas en nuestra trayectoria como pueblo. Variables que, además de re-definir el pasado y presentarlo en su justa perspectiva, explican por qué Puerto Rico continúa siendo la colonia más antigua del hemisferio.
En su ensayo La nueva realidad continental y nuestra Independencia, Fernando Martín presenta un resumen de la evolución de la lucha por la liberación nacional de Puerto Rico. Lo enmarca en el contexto de las gestas libertarias de –como nos enseñó Martí—nuestra América: desde los eventos internacionales que la impulsaron a fines del siglo XVIII; su concreción durante las primeras tres décadas del siglo XIX; hasta la ruta hacia su madurez en los periodos posteriores. Aquí la lección es clara: no podemos sustraernos de los procesos que dieron lugar a la independencia de la gran patria latinoamericana, aunque a pesar del éxito de éstos, a fines del siglo XIX Cuba y Puerto Rico permanecieran como las únicas colonias españolas en América.
Sin embargo, Lares y otras gestas menos reconocidas por la historia, demostraron la vitalidad de la nacionalidad puertorriqueña y el anhelo latente desde principios del periodo decimonónico, de construir una sociedad más justa y de que el país ocupara el espacio que le correspondía en el concierto de naciones de la gran comunidad latinoamericana y antillana. El autor puntualiza en el hecho de que desde temprano en el siglo XIX ya Puerto Rico estaba en los planes expansionistas de Estados Unidos y que, por consiguiente, lo que ocurriera posteriormente sería consecuencia de tal agenda de carácter claramente imperialista. La geopolítica –nos recuera Fernando—siempre ha jugado un papel fundamental –determinante-- en nuestra historia.
Fernando narra cómo, lo que Rubén tantas veces ha llamado “el deslumbramiento”, se apoderó de grandes sectores de la población durante los primeros años del siglo XX, así como de miembros prominentes de la clase política de entonces. No obstante, tal ilusión duró poco, y no tardaron mucho los puertorriqueños en percatarse de las verdaderas intenciones del nuevo régimen colonial impuesto por Estados Unidos. La década de los treinta, el inicio de la industrialización por vía del capital estadounidense en las décadas subsiguientes y los eventos más cercanos a nuestros tiempos, confirman cuál sería el papel que jugaría nuestro país en función de los intereses de la metrópolis a lo largo de los pasados 112 años.
Pero a pesar de esa historia colonial reseñada muy a grandes rasgos en este ensayo, en las últimas páginas el autor nos invita a compartir las buenas nuevas relacionadas con la creciente solidaridad continental con la causa de la Independencia de Puerto Rico. Como protagonista principal junto a Rubén, de los acontecimientos que han ido hilvanando ese apoyo, Fernando es voz más que autorizada para comunicarnos en qué dirección va esa otra dimensión, ese otro frente, en el que los actores internacionales han comenzado a jugar un rol cada vez más pertinente y decisivo. Como si se tratara de la secuela de su libro La tierra prometida, el autor presagia el momento en que las condiciones objetivas en el plano de las naciones libres del orbe se conjugarán para lograr el respaldo definitivo que requiere nuestro proceso de liberación nacional.
El ensayo de Francisco Catalá, La economía de Puerto Rico: del enclave colonial al imperativo de la independencia, es un excelente resumen de nuestra historia económica desde una perspectiva crítica. Hace doce años, en ocasión del centenario de la invasión norteamericana, el autor había producido una monografía en la que también analizó la evolución de la economía puertorriqueña. En aquella ocasión Catalá puntualizó en las características de cada periodo o fase del modelo colonial durante la centuria objeto de su análisis. En esta ocasión, con el mismo rigor investigativo, y amparándose en múltiples referencias bibliográficas, el autor demuestra cómo los intereses del capital estadounidense se fueron apoderando de las actividades estratégicas hasta tomar control de la economía del país, lo que permitió que aumentara casi exponencialmente el flujo de ganancias sustraídas desde Puerto Rico hacia Estados Unidos.
Vale la pena destacar las referencias relacionadas con el empobrecimiento acelerado de la gran mayoría de la población durante las primeras décadas de dominación estadounidense, y el reconocimiento que de ello hicieron las autoridades de ese país, frente al descarado enriquecimiento de las corporaciones azucareras. En síntesis, lo que Catalá llama el primer enclave –ese nefasto periodo dominado por el monocultivo cañero—demuestra la naturaleza colonial del sistema económico implantado por Estados Unidos y los niveles de explotación a los que fueron sometidos cientos de miles de trabajadores en todo el país durante más de medio siglo de hegemonía de la gran corporación de capital ausentista.
En la descripción del “segundo enclave” se detalla cómo el arreglo institucional articulado desde Washington permitió convertir a la economía de Puerto Rico en un enclave industrial de exportación. La sincronización entre la Ley de Incentivos Industriales --legislada localmente-- y las leyes de incentivos federales que culminaron con la aprobación de la Sección 936 en 1976, define el escenario ideal para los intereses de las corporaciones manufactureras y comerciales extranjeras, cuyos ingresos continuaron fugándose del país, pero ahora a un ritmo mucho mayor. De hecho, tanto Catalá como Berríos en su ensayo, apuntan que entre 1975 y el presente las ganancias repatriadas desde Puerto Rico superaron el medio trillón de dólares. Esta cifra es varias veces mayor que el actual valor monetario de la producción nacional de nuestra economía y decenas de veces superior a la producción total de varios países vecinos del Caribe y de América Latina.
Francisco Catalá destruye el mito de que las transferencias que reciben los residentes del país son mayores que los fondos que escapan al circuito macroeconómico local por vía de las ganancias repatriadas, de las compras a las empresas de Estados Unidos (es decir, de las importaciones provenientes de ese país) y mediante los pagos a los sistemas de seguridad social estadounidenses. Lo cierto es que cerca del 80% de las transferencias son derechos adquiridos y que, por consiguiente, la proporción menor son las llamadas ayudas federales.
Sobre el problema de desempleo crónico que ha padecido el país desde siempre, el autor acusa a la dinámica de la economía de enclave de ser cada vez más excluyente del factor humano en los procesos de producción. Aún con el instrumento de la tan despreciable “válvula de escape”, articulada por el Partido Popular para expulsar la población pobre, el sistema económico revela un profundo disloque entre la capacidad productiva de su gente y sus ansias de aportar al crecimiento y desarrollo de la sociedad, vis-a-vis la incapacidad de generar los puestos de trabajo que contribuyan a trascender la crisis estructural que lo caracteriza casi a perpetuidad.
Pero lo más importante, quizás lo más pertinente de este ensayo es que Catalá demuestra que la Independencia de Puerto Rico se ha convertido con el paso del tiempo en un imperativo. Se hace necesario que el país se integre al resto del mundo; que se movilicen los recursos locales; que se diseñen los arreglos institucionales; que se rebasen las barreras, los escollos que han impedido el desarrollo económico en su sentido más amplio. La posibilidad de romper el cerco que durante siglos ha impuesto el colonialismo se logrará sólo con la consecución de la soberanía plena, que es la Independencia nacional.
De los tres ensayos que componen el libro, el de Rubén Berríos es, a mi juicio, el que más información nueva nos trae. Rubén hace una contribución al conocimiento como jurista y como académico, al igual que lo hace Francisco en su ensayo como economista y como académico. Por esa razón una versión más técnica de este extraordinario escrito será publicada y reproducida en revistas especializadas en el campo del derecho internacional y del derecho constitucional. Tuve el privilegio de leer el ensayo justo después de su redacción, y en aquel momento le comenté a Rubén que era un artículo bastante complicado para los que no tenemos educación formal en la disciplina del derecho. Ahora que lo he releído para propósitos de esta presentación, les garantizo que se trata de una pieza fundamental en nuestro proceso de educación política.
Y es que el tema de la ciudadanía, como todos sabemos, ha sido uno de los más manipulados, tanto por los portavoces del miedo que han administrado la colonia –desde Luis Muñoz Marín hasta Luis Fortuño—como por quienes esconden sus intenciones detrás de presuntos ideales de progreso humano e igualdades superfluas, es decir, por los que han dirigido los dos partidos que representan los nombres de esos gobernadores.
Rubén no se circunscribe en su ensayo a la realidad puertorriqueña; profundiza en el tema de la ciudadanía desde una perspectiva amplia, examinando las implicaciones de decisiones que se tomaron en distintas épocas en Estados Unidos con relación a la valerosa población indígena de Norteamérica, a la también valerosa e igualmente marginada población afro-norteamericana, y a los hermanos latinoamericanos y caribeños que emigran a ese país. Las referencias al tratamiento jurídico y a las interpretaciones constitucionales del concepto de ciudadanía, con especial énfasis en el caso mexicano, constituyen un relato documentado de valor incalculable para los independentistas, así como para el resto de nuestros compatriotas.
La diferenciación conceptual, práctica e histórica entre nacionalidad y ciudadanía, incluyendo las distintas acepciones jurídicas e institucionales en diversos contextos alrededor del orbe, constituye una de las secciones más interesantes e iluminadoras del ensayo. Queda claro para todos los hijos e hijas de esta tierra, que nuestra nacionalidad –la centenaria nacionalidad puertorriqueña-- no tiene nada que ver con la ciudadanía americana impuesta a los puertorriqueños en 1917, producto de unas circunstancias muy favorables a los intereses del gobierno del país que dos décadas antes había invadido nuestras playas.
Pero para ese mismo país –nos narra Rubén—el concepto de ciudadanía dual ha representado un dilema en las múltiples ocasiones en que sus tribunales y agencias gubernamentales han tenido que dilucidar casos particulares a lo largo de décadas de debates interminables sobre un asunto que a muchos de sus jueces, juristas, profesores y legisladores no les gustaría tocar ni con un palo largo. Y es que esas personas saben que existen precedentes heterogéneos sobre el tema y que, quizás por esa misma razón, hay formas distintas –en ocasiones conflictivas—de articular una interpretación que le ponga punto final al debate.
Tal rigurosidad investigativa le permite al autor concluir lo que él mismo sabía desde hace mucho tiempo –por conocimientos adquiridos, primero como estudiante, y luego como profesor y estudioso de la materia, pero más que todo, por su experiencia como dirigente independentista—: que la ciudadanía de Estados Unidos –la tan cacareada ciudadanía americana—ha estado rodeada de una mitología producto de décadas de engaños y falsedades. Esa ciudadanía –que como todas las demás merece nuestro respeto, y no sólo cuando se trata de países en los que nacionalidad y ciudadanía son una misma—ha sido para los puertorriqueños como una especie de carimbo. Pero como se trata de una colonia dependiente, para el colonizado esa “marca en el pellejo” resulta grata; es más, es la identificación colectiva por excelencia, como si de un rebaño se tratase.
Romper con el mito de que las demás ciudadanías del planeta no valen lo mismo que la americana; decirle a nuestro pueblo que con el advenimiento de nuestra Independencia los arreglos referentes a este tema son potencialmente diversos y que, por consiguiente, aquellos que lo deseen pueden continuar manteniendo la ciudadanía de Estados Unidos; afirmar que, por las razones anteriores, una vez alcanzada nuestra Independencia, la ciudadanía puertorriqueña tendrá el mismo valor y merecerá las mismas consideraciones que las demás ciudadanías y que todos y todas estaremos orgullosos de ostentarla; todo ello en síntesis, constituye la gran contribución del escrito de Rubén. Sin ánimo de ser redundante, debo puntualizar que es esta la primera vez que este tema se presenta y se desarrolla con tanta claridad; de ahí su importancia y su absoluta pertinencia.
En conclusión, estamos ante un libro que es lectura obligada para todos los puertorriqueños. Para los independentistas constituye un deber divulgarlo, hacerlo llegar a los cientos de miles de puertorriqueños/as que aún no son independentistas. Con la información que se expone en sus páginas este texto contribuirá insospechadamente a liberar las conciencias de muchos compatriotas a quienes se les ha negado la verdad durante demasiado tiempo. Esos hermanos y hermanas han vivido con miedo porque al sistema le ha convenido que así sea.
Pero como a todos los pueblos, a Puerto Rico le ha llegado la hora de comenzar a regir su propio destino. Porque no somos inferiores al resto del mundo; porque tenemos derecho a la libertad; porque a la altura de nuestros tiempos nos da vergüenza que nos manden en nuestra propia casa; y porque hoy más que nunca la Independencia es un imperativo, le damos la bienvenida a este maravilloso libro, que traerá luz en la oscuridad y que será instrumento fundamental en nuestro proceso de liberación nacional. ¡Enhorabuena!
Muchas gracias.
En Mayagüez, a 29 de junio de 2010. |